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lunes, 7 de septiembre de 2015

Un Orfeo hippie, hippy, jipi

Un melancólico Orfeo con look al estilo Flower Power se desvive por su Eurídice en sentido literal, ya que abandona esta vida nuestra entre los vivos para sumergirse en el reino de los muertos en busca de su amada. Llamamos "catábasis" o "nekyia" al viaje al Inframundo: lo hizo Ulises [clik], lo hace Orfeo. Sólo a los grandes chamanes les es dado regresar de vuelta.

Los alumnos de Cultura Clásica investigarán sobre el mito contestando a las preguntas que figuran en el documento que aparece al final de esta entrada.

Antes advertir que cuando escribimos una palabra no castellana como Flower Power, hippy o Sapere Aude, hay que ponerla en cursiva si trabajamos con un documento de texto digital, y entre comillas si estamos escribiendo a mano.

Y saber que la Real Academia Española acepta la escritura "jipi" (consúltalo en el Diccionario panhispánico de dudas haciendo click aquí). No usaré cursiva en "jipi" porque escrita de esta manera (y admitida por la RAE) es voz española. De manera que: "Nuestro Orfeo jipi estaba melancólicamente enamorado de su ojerosa Eurídice".



El bonus track (en inglés) es muy recomendable: haz click

Este es el texto del poeta latino VIRGILIO en su obra Geórgicas, libro IV, versos 457-527:

 Él, consolando con la cítara su amorosa pena, a ti, solo a ti, dulce esposa, cantaba en la solitaria playa al rayar el día, al caer la noche; así llegó hasta las gargantas del Ténaro y las profundas bocas de Dite, y penetró hasta los negros y pavorosos bosques donde están los manes y el tremendo rey, y aquellos corazones que no saben ablandarse con humanos ruegos. Atraídas por sus cantos, iban saliendo de los abismos del Erebo las tenues sombras y los fantasmas de los muertos, tan numerosas como las aves que a bandadas se acogen entre las hojas de los árboles cuando la estrella de la tarde o la lluvia invernal las ahuyenta de los montes; madres, esposos, cuerpos exánimes de magnánimos héroes; niños, doncellas, mancebos arrojados en la hoguera funeral a la vista de sus padres, acudían así por entre el negro cieno y los disformes cañaverales del Cocito, retenidos y cercados por los nueve ramales en que se estancan las densas aguas de la odiosa laguna Estigia. Pasmáronse hasta el mismo averno y los hondos abismos del Leteo y las Euménides, crinadas de cerúleas serpientes; cesó en sus ladridos el trifauce Cerbero y se paró en el aire la rueda de Ixión. Ya se volvía Orfeo, esquivados estos peligros, y ya su recobrada Eurídice se encaminaba con él a las terrenas auras, siguiendo sus pisadas (pues con esta condición se la había devuelto Proserpina), cuando se apoderó del incauto amante un súbito frenesí, muy perdonable en verdad si supieran perdonar los espíritus infernales. Parose ya casi en los mismos límites de la tierra, y olvidado, ¡ay!, del pacto y vencido del amor, miró a su Eurídice; con esto fueron perdidos todos sus afanes y quedaron rotos los tratos del cruel tirano. Tres veces retumbaron con fragor los lagos del averno. Y ella: "¿Qué delirio, Orfeo mío—exclamó—; qué delirio me ha perdido, infeliz, y te ha perdido a ti? Ya por segunda vez me arrastran al abismo los crueles hados; ya el sueño de la muerte cubre mis llorosos ojos. ¡Adiós, adiós!, las profundas tinieblas que me rodean me arrastran consigo, mientras que, ya no tuya, ¡ay!, tiendo en vano hacia ti las débiles palmas." Dijo, y de pronto, cual leve humo impulsado por las auras, se desvaneció ante los ojos de su amante, que en vano pugnaba por asir la sombra fugitiva y decirle mil y mil cosas; no la volvió más a ver, ni el barquero del Orco consintió que otra vez pasase el mancebo la opuesta laguna. ¿Qué hacer? ¿Adónde ir habiéndole sido por dos veces arrebatada su consorte? ¿Con qué llanto podría conmover a los dioses infernales, con qué palabras a los númenes celestes? En tanto Eurídice, yerta ya, iba bogando en la barca infernal por la laguna Estigia. Es fama que siete meses enteros pasó él llorando bajo una altísima peña a la margen del solitario Estrimón, y repitiendo sus desventuras en aquellas heladas cavernas, amansando a los tigres y arrastrando tras sí las selvas con sus cantos. No de otra suerte, la doliente Filomela lamenta entre las ramas de un álamo sus perdidos hijuelos, que, puesto en acecho, le robó del nido, implumes todavía, el despiadado labrador; llora ella toda la noche, y desde la rama en que se posa, repite sus lastimeros trinos, llenando los vecinos bosques con sus desoladas quejas. Así el mísero Orfeo: no hay ya amor, no hay ya himeneo que cautive su corazón; solo con su dolor recorría las heladas regiones hiperbóreas, el nevado Tanais y los campos del Rifeo, siempre cubiertos de escarchas, lamentando su arrebatada Eurídice y los vanos dones de Dite. Menospreciadas de él, por efecto de aquel tan grande amor, las mujeres de los Cicones despedazaron al mancebo en medio de los sacrificios de los dioses y de las nocturnas orgías de Baco y esparcieron sus miembros por los campos, y aun cuando ya el Hebro eagrio arrastraba entre sus ondas su cabeza, arrancada del alabastrino cuello, todavía su voz, todavía su helada lengua iba clamando con desfallecido aliento: ¡Oh Eurídice, oh mísera Eurídice!, y ¡Eurídice, Eurídice! repetían en toda su extensión las márgenes del río.

Y aquí (haz click) aparece un resumen de la narración que el poeta latino OVIDIO hizo en su obra titulada Metamorfosis, concretamente en el libro X, versos 1 a 85.

Por fin, en este documento aparece el ejercicio a realizar.

viernes, 24 de abril de 2015

Asústate un momento: Odiseo está en el Hades

... no olvidó la moneda para Caronte
Habíamos dejado a Ulises en la isla de Circe donde, inmune a los bebedizos de la maga gracias a la planta "moly" que le ha proporcionado Hermes, consigue que la diosa devuelva a sus hombres la forma humana.

Enamorada del héroe, Circe le dará instrucciones precisas para su descenso al Hades en busca de los oráculos del adivino Tiresias.

Para emprender el descenso al inframundo, Odiseo se desplaza al país de los cimerios que viven "entre nieblas y nubes, sin que jamás el sol resplandeciente los ilumine con sus rayos, ni cuando sube al cielo estrellado, ni cuando vuelve del cielo a la tierra, pues una noche perniciosa se extiende sobre los míseros mortales" (Od. XI, 13ss). 

Valorando estos datos y otros más que es posible entresacar y deducir del texto (o más bien "desenmascarar" y "descodificar"), Gilbert Pillot (click) devana el ovillo que conduce a Odiseo por el Atlántico norte y concluye que el país de los cimerios se halla al norte de Irlanda, en la región de Londonderry. Precioso paraje para realizar oscuros sacrificios capaces de poner a Odiseo en contacto con las almas de los muertos. ¿Qué ocurrió realmente allí?

Este episodio (en el Canto XI de la Odisea) lo leen para nosotros las alumnas Gloria, Flor y Adina, y acompañan su lectura de preciosas imágenes.

Ahora leemos la descripción que hace Odiseo de tres penados para toda la eternidad que puede contemplar en el Hades: Ticio, Tántalo y Sísifo. Se trata de Odisea XI, 576-600:


"Vi también a Titio, el hijo de la augusta Gea, echado en el suelo, donde ocupaba nueve yugadas. Dos buitres, uno de cada lado, le roían el hígado, penetrando con el pico en sus entrañas, sin que pudiera rechazarlos con las manos; porque intentó hacer fuerza a Leto, la gloriosa consorte de Zeus, que se encaminaba a Pito por entre la amena Panopeo. Vi asimismo a Tántalo, el cual padecía crueles tormentos, de pie en un lago cuya agua le llegaba a la barba. Tenía sed y no conseguía tomar el agua y beber: cuantas veces se bajaba el anciano con la intención de beber, otras tantas desaparecía el agua absorbida por la tierra, la cual se mostraba negruzca en torno a sus pies y un dios la secaba.
Encima de él colgaban las frutas de altos árboles -perales, manzanos de espléndidas pomas, higueras y verdes olivos-; y cuando el viejo levantaba los brazos para cogerlas, el viento se las llevaba a las sombrías nubes. Vi de igual modo a Sísifo, el cual padecía duros trabajos empujando con entrambas manos una enorme piedra. Forcejeaba con los pies y las manos e iba conduciendo la piedra hacia la cumbre de un monte; pero cuando ya le faltaba poco para doblarla, una fuerza poderosa derrocaba la insolente piedra, que caía rodando a la llanura. Tornaba entonces a empujarla, haciendo fuerza, y el sudor le corría de los miembros y el polvo se levantaba sobre su cabeza".