miércoles, 4 de noviembre de 2015

De héroes y despedidas

Así diciendo, el esclarecido Héctor tendió los brazos a su hijo, y éste se recostó gritando en el seno de la nodriza de bella cintura, por el terror que el aspecto de su padre le causaba: dábale miedo el bronce y el terrible penacho de crines de caballo, que veía ondear en lo alto del yelmo. Sonriéronse el padre amoroso y la veneranda madre. Héctor se apresuró a dejar el refulgente casco en el suelo, besó y meció en sus manos al hijo amado, y rogó así a Zeus y a los demás dioses....
-¡Zeus y demás dioses! Concededme que este hijo mío sea como yo, ilustre entre los teucros e igualmente esforzado; que reine poderosamente en Ilión; que digan de él cuando vuelva de la batalla: “Es mucho más valiente que su padre!”; y que, cargado de cruentos despojos del enemigo a quien haya matado, regocije el alma de su madre”.     Homero, Iliada VI, 466-481



Inclinó las manos el de la barba florida,
a sus hijas en brazos las cogía,
acercólas al corazón, muy fuertemente suspira:
“Ya doña Jimena, ya mi mujer tan cumplida,
como a mi propia alma yo tanto os quería.
Ya lo veis, que nos separemos en vida,
yo me iré y vos quedaréis recogida.
Quiéranlo Dios y Santa María
Que aún con mis manos case a estas hijas mías,
O denme ventura y algunos días de vida,
Y vos, mujer honrada, por mí seáis servida”.


Cantar de Mío Cid I, vv. 274-285

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