sábado, 7 de noviembre de 2015

Hefesto, el "Homo Faber" y la obtención de la Piedra Filosofal


El escudo de Aquiles, descrito minuciosamente en el Canto XXIII de la Ilíada, parece encerrar un complejo de símbolos relacionados con un mundo redondo de hombres y dioses que está rodeado por el río Océano y orbita en torno al mar, la tierra, el sol, la luna y las estrellas. El escudo lo forjó Hefesto, dios de la fragua, a petición de Tetis.


Según el libro Herreros y alquimistas de Mircea Eliadeen mitologías de otros pueblos también aparece con frecuencia un Dios Herrero o un Herrero Mítico que se ocupa de los héroes. Por ejemplo, entre los yakutos (pueblo de Siberia) K`daai Maqsin, forjador principal del infierno, repara los miembros rotos o amputados de los héroes, mientras que Chyky se ocupa, como monitor de guerreros, de forjar sus armas. Además estos Herreros Divinos, al igual que Hefesto en el caso de la mitología griega, son arquitectos y artesanos de los dioses.

El herrero de las civilizaciones antiguas llevaba a cabo un trabajo imbuido de profundos significados mágico-religiosos. Tiene "poderes" porque modifica la materia por medio del fuego haciendo cosas, como un nuevo creador que imita al Demiurgo o Creador del mundo... ¡cuánto poder en manos de un hombre! Un poder, por cierto, que ya había experimentado el primer agricultor cuando obtuvo harina de los granos de trigo, o el primer alfarero cuando transformó un puñado de barro en una vasija.

Pues bien, el hombre que de los minerales obtiene metales y del metal objetos es un mago, ya que continua y perfecciona el trabajo de la Madre-Tierra, la cual guarda en su interior los minerales como una madre guarda vida en su útero donde va gestándose el embrión. He aquí al ser humano, convertido en homo faber, en "artesano", capaz de imitar e incluso superar a la propia Madre Naturaleza, acelerando los procesos naturales: adelantándose al tiempoEl alquimista que espera transformar cualquier mineral en oro pretende esto mismo: acelerar procesos. No es extraño que la "Piedra Filosofal" consiga vencer al tiempo y producir inmortalidad.

Diversos pueblos del mundo (africanos, indios, chinos, aborígenes australianos, indios americanos, culturas precolombinas) presentan claros paralelismos en sus mitos y ritos relacionados con el oficio de herrero. En estas sociedades el herrero era respetado como un chamán, un maestro, mago y curandero, a veces también poeta, descendiente de los dioses. Estos poderes son una copia de aquellos que poseía el Herrero Celeste del que hablamos al comienzo. Y el oficio pasaba de generación en generación a través de códigos y sacrificios rituales altamente secretos transmitidos de padres a hijos. 

Hefesto es cojo y feo. También otros Herreros Celestes o divinidades con ellos relacionadas presentan una fealdad extrema, son enanos o están mutilados. Divinidades señaladas con alguna invalidez suelen tener que ver con el trabajo de la metalurgia y viven en las entrañas de la tierra. Tan feos y tan en las profundidades que con el cristianismo fueron asimilados a los demonios y el antiguo Herrero Celeste  fue identificado con el Diablo en persona.

Pero dejemos aquí al ilustre artífice, a Hefesto, a quien hemos traído a colación por ser, a la vez que cojitranco, tan amable como para forjar a Aquiles sus armas, escudo simbólico incluido. Y leamos la descripción ("écfrasis") del escudo de Aquiles en Ilíada XXIII, 478-608:

Fabricó en primerísimo lugar un alto y compacto escudo primoroso por doquier y en su contorno puso una reluciente orla de tres capas, chispeante, a lo que ajustó un áureo talabarte. El propio escudo estaba compuesto de cinco láminas y en él fue creando muchos primores con hábil destreza.

Hizo figurar en él la tierra, el cielo y el mar, El infatigable sol y la luna llena, así como todos los astros que coronan el firmamento: las Pléyades, las Híades y el poderío de Orión, y la Osa, que también denominan con el nombre de Carro, que gira allí mismo y acecha a Orión, y que es la única que no participa de los baños en el Océano.

Realizó también dos ciudades de míseras gentes, bellas. En una había bodas y convites, y novias a las que a la luz de las antorchas conducían por la ciudad desde cámaras nupciales; muchos cantos de boda alzaban su son; jóvenes danzantes daban vertiginosos giros y en medio de ellos emitían su voz flautas dobles y fórmiges, mientras las mujeres se detenían a la puerta de los vestíbulos maravilladas. Los hombres estaban reunidos en el mercado. Allí una contienda se había entablado, y dos hombres pleiteaban por la pena debida a un causa de un asesinato: uno insistía en que había pagado todo en su testimonio público, y el otro negaba haber recibido nada, y ambos reclamaban el recurso a un árbitro para el veredicto. Las gentes aclamaban a ambos, en defensa de uno o de otro, y los heraldos intentaban contener al gentío. Los ancianos estaban sentados sobre pulidas piedras en un círculo sagrado y tenían en las manos los cetros de los claros heraldos, con los que se iban levantando para dar su dictamen por turno. En medio de ellos había dos talentos de oro en el suelo, para regalárselos al que pronunciara la sentencia más recta.

La otra ciudad estaba asediada por dos ejércitos de tropas que brillaban por sus armas. Contrarios planes les agradaban: saquearla por completo o repartir dos lotes todas las riquezas que la amena fortaleza custodiaba en su interior. Mas los sitiados no se avenían aún y disponían una emboscada. Las queridas esposas y los infantiles hijos defendían el muro de pie sobre él, y los varones a los que la vejez incapacitaba; los demás salían y al frente iban Ares y Palas Atenea, ambos de oro y vestidos como áureas ropas, bellos y esbeltos con sus armas, como corresponde a dos dioses, conspicuos a ambos lados, en tanto que las tropas eran menores. En cuanto llegaron a donde les pareció bien tender la emboscada, un río donde había un abrevadero para todos los ganados, se apostaron allí, recubiertos de un rutilante bronce. Dos vigías se habían instalado a distancia de los huestes al acecho de los ganados y de las vacas, de retorcidos cuernos. Éstos pronto aparecieron: dos pastores les acompañaban, recreándose con sus zampoñas sin prever en absoluto la celada. Al verlos, los agredieron por sorpresa y en seguida interceptaron la manada de vacas y los bellos rebaños de blancas ovejas y mataron a los que las apacentaban. Nada más percibir el gran clamor que rodeaba la vacada, los que estaban sentados ante los estrados en los caballos, de suspensas pezuñas, montaron, acudieron y pronto llegaron. Nada más formar se entabló la lucha en las riberas del río, y unos a otros se arrojaban las picas, guarnecidas de bronce. Allí intervenían la Disputa y el Tumulto, y la funesta Parca, que sujetaban a un recién herido vivo y a otro no herido, arrastraba de los pies a otro muerto en medio de la turba y llevaba a hombros un vestido enrojecido de sangre humana. Todos intervenían y luchaban igual que mortales vivos y arrastraban los cadáveres de los muertos de ambos bandos.

También representó un mullido barbecho, fértil campiña, ancho, que exigía tres vueltas. En él muchos agricultores guiaban las parejas acá y allá, girando como torbellinos. Cada vez que daban media vuelta al llegar al cabo del labrantío, un hombre con una copa de vino, dulce como miel, se les acercaba y se la ofrecía en las manos, y ellos giraban en cada surco, ávidos por llegar al término del profundo barbecho, que tras sus pasos ennegrecía y parecía tierra arada a pesar de ser oro, ¡singular maravilla de artificio!

Representó también un dominio real. En él había jornaleros que segaban con afiladas hoces en las manos. Unas brazadas caían al suelo en hileras a lo largo del surco, y otras las iban atando los agavilladores en hatos con paja. Tres agavilladores había de pie, y detrás había chicos que recogían las brazadas, las cargaban en brazos y se las facilitaban sin demora. Entre ellos el rey se erguía silencioso sobre un surco con el cetro, feliz en su corazón. Los heraldos se afanaban en el banquete aparte bajo una encina y se ocupaban del gran buey sacrificado; y las mujeres copiosa harina blanca espolvoreaban para la comida de los jornaleros.

Representó también una viña muy cargada de uvas, bella, áurea, de la que pendían negros racimos y que de un extremo a otro sostenían argénteas horquillas. Alrededor trazó un foso de esmalte y un vallado de estaño; un solo sendero guiaba hasta ella, por donde regresaban los porteadores tras la vendimia. Doncellas y mozos, llenos de joviales sentimientos, transportaban el fruto, dulce como miel, en trenzadas cestas. En medio de ellos un muchacho con una sonora fórmige tañía deliciosos sones y cantaba una bella canción de cosecha con tenue voz. Los demás, marcando el compás al unísono, le acompañaban con bailes y gritos al ritmo de sus brincos.

Realizó también una manada de cornierguidas vacas, que estaban fabricadas de oro y estaño y se precipitaban entre mugidos desde el estiércol al pasto por un estruendoso río que atravesaba un cimbreante cañaveral. Iban en hilera junto con las vacas cuatro áureos pastores, y nueve perros, de ágiles patas, les acompañaban. Dos pavorosos leones en medio de las primeras vacas sujetaban a un toro, de potente mugido, que bramaba sin cesar mientras lo arrastraban. Perros y mozos acudieron tras él pero aquéllos desgarraron la piel del enorme buey y engullían las entrañas y la negra sangre, mientras los pastores los hostigaban en vano, azuzando los rápidos perros. Éstos estaban demasiado lejos de los leones para morderlos; se detenían muy cerca y ladraban, pero los esquivaban.

El muy ilustre cojitranco realizó también un pastizal enorme para las blancas ovejas en una hermosa cañada, establos, chozas cubiertas y apriscos. El muy ilustre cojitranco bordó también una pista de baile semejante a aquella que una vez en la vasta Creta el arte de Dédalo fabricó para Ariadna, la de bellos bucles. Allí zagales y doncellas, que ganan bueyes gracias a la dote, bailaban con las manos cogidas entre sí por las muñecas. Ellas llevaban delicadas sayas, y ellos vestían túnicas bien hiladas, que tenían el suave lustre del aceite. Además, ellas sujetaban bellas guirnaldas, y ellos dagas áureas llevaban, suspendidas de argénteos tahalíes. Unas veces corrían formando círculos con pasos habilidosos y suma agilidad, como cuando el torno, ajustado a sus palmas, el alfarero prueba tras sentarse delante, a ver si marcha, y otras veces corrían hileras, unos tras otros. Una nutrida multitud rodeaba la deliciosa pista de baile, recreándose, y dos acróbatas a través de ellos, como preludio de la fiesta, hacían volteretas en medio.

Representó también el gran poderío del río Océano a lo largo del borde más extremo del sólido escudo. Después de fabricar el alto y compacto escudo, le hizo una coraza que lucía más que el resplandor del fuego y también unas grebas de maleable estaño.

Tras terminar toda la armadura, el ilustre cojitranco la levantó y la presentó delante de la madre de Aquiles, que, cual gavilán, descendió de un salto del nevado Olimpo, llevando las chispeantes armas de parte de Hefesto. Ilíada. Traducción de E.Crespo, editorial Gredos. 

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