martes, 20 de enero de 2015

Grecia en la Época Oscura: ¡Suerte en la lotería de la vida!

Esta mañana, los alumnos de Cultura Clásica del Sapere Aude han realizado en el aula un ejercicio de lectura comprensiva sobre un texto. Se trataba de las páginas 24 y 25 del libro Héroes viajeros. Los griegos y sus mitos, del gran historiador del mundo clásico Robin Lane Fox (en la traducción castellana de la editorial Crítica, Barcelona, 2009).  Nuestra lectura se acompañaba de una serie de cuestiones que buscaban verificar si el alumno había entendido correctamente el texto (ver documento al final).

Mañana lo desvelaremos.

Ahora sólo una breve reflexión.

Robin Lane Fox nos presentaba sus dudas a la hora de emprender una investigación sobre una etapa tan “oscura” de la historia de casi siempre brillante Hélade. Ciertamente que se ha quedado con ese apelativo, el de “oscuro”, el período que se extiende desde el fin de la civilización micénica hasta el inicio de la época arcaica (desde finales del 1200 hasta comienzos del siglo IX a. C.).

Llueven, pues, objeciones sobre el historiador que se empeña en investigar un período tan sombrío. Lúgubre, en verdad: la esperanza de vida era muy baja (los adultos solían morir entre los dieciséis y los cuarenta años); una minoría dirigente explotaba a una minoría que no desafía al poder; no había rastro de derechos humanos, sólo hedor (¡sin desagües!) y dolor (¡sin analgésicos!), por no hablar del sexismo insidioso (¡con Pandora destapando las desdichas de su caja!).

Y lo peor, como bien expone Lane Fox, es que los restos hallados en las excavaciones arqueológicas revelan una altísima mortalidad infantil y alarmantes deformaciones, lesiones y deterioros en huesos, dentaduras y esqueletos (así en Lefkandi, en la isla de Eubea, entre 1000 y 750 a. C.; y en las necrópolis de San Montano en la isla de Ischia, del 770 a. C.).


Impresiona conocer que las enfermedades degenerativas en los huesos aparecen entre los trece y los veinticuatro años. Y conmueven las cifras. De los cuarenta esqueletos hallados en Pidna (costa del sureste de Macedonia) sólo dos eran mayores de cuarenta y cinco años. Y hablando de San Montano (cito textualmente): “la población de la necrópolis se divide más o menos en un tercio de adultos y dos tercios de preadultos”, el 27 por 100 de los cuales eran criaturas, “a menudo recién nacidos o mortinatos”. El único remedio contra una muerte prematura, dice el autor del texto, era “tener suerte en la lotería de la vida”.

En efecto, las perspectivas de longevidad eran mayores para los que superaban el grave riesgo de la altísima mortalidad infantil. Pero luego había que tener la suerte de salir con vida, las mujeres de peligrosos y numerosos partos, y los varones de crueles y frecuentes guerras. 

En época tan oscura “faltaban incluso pequeñas comodidades muy significativas: no había azúcar, ni chocolate ni pianos”, reflexiona Lane Fox. Bien cierto. ¿Qué endulzaría la vida a los individuos de la Época Oscura? Jamás experimentaron esa satisfacción íntima que produce la escucha de esa relajante melodía desgranada por un piano? ¿Cómo animarse, entonces, sin el estimulante chocolate? ¿Acaso puede el organismo vivir sin la blanca energía suplementaria del azúcar?
Jóvenes del Sapere Aude: ¿Se puede necesitar lo que uno ni siquiera conoce?


Y una posible corrección:

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